1–2 años
Juega al lado, observa e imita. Los conflictos por objetos son constantes y se resuelven con intercambio o distracción, no con conversación.
Antes de los 3 años, compartir es casi imposible, y eso no es egoísmo: es neurología. Las habilidades sociales aparecen en un orden previsible, y entender esa secuencia cambia por completo la forma de mediar las peleas del parque.

Los niños pasan por etapas de juego: solos, en paralelo (cada uno en lo suyo, pero al lado), asociativo y finalmente cooperativo, con reglas y roles. Exigir cooperación a quien todavía está en la etapa paralela frustra a todos.
Compartir exige entender que el otro desea algo distinto y que el juguete vuelve: dos ideas que maduran entre los 3 y los 4 años. Antes de eso, el turno con temporizador ('cuando suene, es tu turno') funciona mucho mejor que un sermón sobre generosidad.
Juega al lado, observa e imita. Los conflictos por objetos son constantes y se resuelven con intercambio o distracción, no con conversación.
Empieza el turno con apoyo adulto. '¡Mío!' es una etapa normal de construcción de identidad, no mala educación.
Juego simbólico compartido con roles simples. Comparte por ratos cortos y empieza a pedir ayuda en vez de golpear.
Elige amigos preferidos, negocia reglas y nota cuando alguien está triste. Aparecen los primeros 'no sos mi amigo'.
Juegos con reglas, fuerte sentido de justicia y resolución de conflictos con poca mediación. También sensibilidad a la exclusión.
Usa un reloj visible: saca al adulto del papel de villano y da previsibilidad a quien espera.
'Decí: yo también quiero jugar.' Enseñar la frase sirve más que resolver por él.
'Los dos quieren el mismo auto.' Nombrar el problema les deja espacio para proponer la solución.
Sostén la mano con firmeza amable: 'no puedo dejar que golpees'. Después acompaña el enojo detrás del gesto.
Antes de la visita, guarda el objeto más preciado. Evita una pelea que no hacía falta.
'Esperaste tu turno y eso fue difícil' enseña mucho más que 'qué bueno sos'.
Contenido informativo. La falta persistente de interés por otros niños, la dificultad marcada de contacto visual o la agresividad frecuente merecen evaluación profesional.
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